Pa’ donde es la vuelta, patrón” pregunta el taxista, con ese tono característico colombiano, y uno no puede dejar de imaginarse estar en una de esas series de TV -El Patrón del Mal o Narcos, en Netflix- que dejaron, en el imaginario de la gente, una imagen que no condice con la realidad actual. Aquella Medellín sumida en el miedo y terror está lejos de ser la ciudad actual, que supo levantarse pero sin olvidar su pasado reciente.

Si bien es cierto que la violencia aquí se mantiene -así como también es cierto que recorrer sus calles durante cuatro días no son suficientes para conocer todo, pero sería peor no tener nada- esto se debe a que Medellín no escapa a los rasgos característicos de las grandes ciudades latinoamericanas; cordones de pobreza y una marcada desigualdad son caldo de cultivo para formación de pandilleros o grupos de delincuentes, pero aquel terror natural que se tenía en los tiempos de los narcos, por fortuna, prácticamente ya no existe.

La capital de Antioquia quiere sacudirse de la imagen de Escobar y el narcotráfico.
La capital de Antioquia quiere sacudirse de la imagen de Escobar y el narcotráfico.

En Colombia, a los nacidos en el departamento de Antioquia se los conoce como “Paisa”. Medellín, una urbe de 2,5 millones de habitantes, es la capital de este departamento. Esta tierra, bordeada de montañas y serranías, que vio nacer a quien fue el narcotraficante más famoso del mundo, Pablo Emilio Escobar Gaviria, es también conocida como la “ciudad de la eterna primavera”. Durante todo el año hay flores, y la temperatura promedio se mantiene entre los 23 a 28 grados. La temporada de invierno, se distingue por los días de lluvia, sin embargo, el frío no resulta amenazante.

Para alguien que viene de Asunción, donde con apenas una lluvia las calles se inundan y los baches se convierten en trampas mortales, ver que las avenidas y calles intermedias en una ciudad como Medellín son impecables, resulta hasta envidiable. Todas están bien señalizadas, con normas establecidas que todos -o la mayoría- cumplen y el conductor puede ir tranquilo, sin preocuparse de tomarse con algún cráter en el pavimento. Puede ser un dato mínimo, pero la brutal diferencia golpea a quien está acostumbrado a otra cosa.

Si hay algo que es parecido a Asunción, es que en las calles de esta agradable ciudad se respira fútbol.  En los bares, en los negocios o shopping, la gente mira los deportes o algún encuentro futbolero. En cada esquina se puede ver a los hinchas con camisetas del Atlético Nacional y del Deportivo Independiente Medellín (DIM), cruzarse y por supuesto, todo el mundo está al tanto de la Selección “Colombia¨, como lo llaman aquí. Volver a estar en el próximo mundial de fútbol es algo que no pasa desapercibido y motiva a los colombianos.

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A finales de los 80 y principios de los 90, Medellín era una ciudad secuestrada por los grupos narcotraficantes, con Pablo Escobar como la figura más visible de una barbarie que dejó miles de víctimas. La violencia llegó a niveles demenciales, con bombas que explosionaban en centros comerciales, en las calles, con jóvenes que dejaban los estudios o empleos para convertirse en sicarios. La muerte y el horror estaba en cada esquina de la ciudad y nadie sabía qué podía pasar al día siguiente.

En el Museo “Casa de la Memoria” se puede ver la cobertura de los medios en la época cruel del narcotráfico.
En el Museo “Casa de la Memoria” se puede ver la cobertura de los medios en la época cruel del narcotráfico.

El año 1990 quizás es el más duro de recordar para los paisas; En aquel periodo, Medellín sufrió diversos atentados y el miedo se apoderó de la gente. La tasa de homicidios de ese año llegó a casi 300 por cada 100 mil habitantes. Como para tener una idea de lo que representan estos números vale tener en cuenta este dato; el año pasado, El Salvador, un país sometido a la violencia de pandillas, registró la tasa de homicidios más alta de toda latinoamérica, llegando a 81.2 por cada 100 mil habitantes. Es decir, lo de Medellín, en aquel tiempo, fue devastador, y las cicatrices, en algunos casos, no terminan de curarse hasta ahora.

Todos teníamos miedo” dice hoy Carlos María Correa, periodista que trabajó para el diario El Espectador y que cubrió los eventos vinculados al narcotráfico en aquel tiempo. Con una pulcra camisa blanca, las canas que se mezclan con su cabellera negra, Correa oficia de anfitrión en un almuerzo con cerca de 50 periodistas latinoamericanos que visitan Medellín. Se trata de un encuentro organizado por Connectas, una iniciativa que apunta a proyectar trabajos trasnacionales de periodistas de investigación de la región.

Mientras todos los periodistas disfrutan de unos frijoles calientes, Correa habla sobre su experiencia como corresponsal de El Espectador, el periódico que Pablo Escobar odiaba, por ser el primero en publicar sus vinculaciones con el narcotráfico. Entre sus recuerdos, Correa menciona la noche en que tuvieron que pasar encerrados en la pequeña redacción del diario en Medellín; la Policía les pidió que no salgan del local porque ese día, sicarios al servicio del cartel de Medellín ya habían asesinado a dos periodistas. “Llamaban a la redacción a amenazar. Nos decían, “no sean pendejo, dejen de trabajar para ese diario” comenta Correa y agrega que siempre llamaban de parte de “el doctor”, que es como le decían sus matones a Escobar. Tras el mencionado incidente, desde Bogotá, la capital colombiana, decidieron cerrar la oficina del periódico en Medellín.

Se suma a la charla Javier Arboleda, también periodista pero que en aquella época era camarógrafo para el canal RCN. Una camisa abierta, jeans y mochila al hombro, Arboleda dice que la violencia que se generó en aquella época fue transversal. Involucró a varios sectores de la sociedad y dejó, por supuesto, además de las muertes, una ciudad fragmentada. Hubo -hasta hoy, incluso- gente que defendía el accionar de Escobar.

Para cubrir el entierro de Escobar, tuvimos que estar protegidos por tanquetas de la Policía Nacional. Y nos quedamos durante horas bajo protección de los uniformados. Mucha gente nos odiaba, porque decía que por la “mala prensa” fue que el gobierno lo buscaba a Escobar” recuerda Arboleda. Para el periodista, cubrir los sucesos que sacudían a Medellín y Bogotá en aquella época no fue fácil, y en algunos casos, hay recuerdos muy tristes que no se pueden superar. “Se imagina lo que es llegar al trabajo y que lo primero que uno tiene que ir a hacer es filmar cadáveres esparcidos por todos lados, generalmente de gente inocente” expone Arboleda.

Medellín tiene cerca de 2,5 millones de habitantes. La ciudad supo reponerse de un pasado reciente de terror.
Medellín tiene cerca de 2,5 millones de habitantes. La ciudad supo reponerse de un pasado reciente de terror.

Para el periodista, el 2 de diciembre de 1993 es una fecha imposible de olvidar. Ese día, el escuadrón militar-policial que venía siguiendo a Pablo Escobar, confirmó su muerte. “No hay dudas de que el acontecimiento más importante del siglo XX en Colombia, fue la muerte de Pablo Emilio Escobar. Nunca en mi vida vi tantos periodistas, de todas partes del mundo, que llegaron hasta Medellín para cubrir aquello, ni tampoco recuerdo tanto impacto en la gente” señala Arboleda.

Y si la violencia generada con los carteles del narcotráfico no era suficiente, se sumaba la guerrilla, que si bien se concentraba en la selva y zonas rurales de Antioquia, tenía sus ramificaciones en la ciudad y periferias. La guerrilla trajo consigo miles de muertes, secuestros, desaparecidos y la brutalidad estatal a partir de los paramilitares. Un coctel demasiado peligroso contra una ciudadanía que, a pesar de todo, nunca perdió la fe en recuperarse.

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Tras la muerte del Escobar, Medellín encontró una razón para reinventarse. Si bien los grupos narcos nunca se fueron del todo, la barbarie de matanzas con bombas en espacios públicos fue acabando, y empezó una reconstrucción ciudadana que, lejos de ocultar lo que pasó, las expone. Una ciudad que en lugar de guardar bajo la alfombra su dolorosa historia reciente, pone a disposición de su gente todo, y en detalle. En los museos hay cifras, nombres, fotos. La idea es tan simple como elemental; Mantener viva la memoria, para que no vuelva a repetirse.

Los teleféricos (conocidos como telemetros) fueron una solución de transporte de inclusión para sectores que no estaban dentro del circuito en Medellín.
Los teleféricos (conocidos como telemetros) fueron una solución de transporte de inclusión para sectores que no estaban dentro del circuito en Medellín.

Para cumplir con este objetivo está, por ejemplo, el Museo “Casa de la Memoria”, uno de los 17 con que cuenta Medellín y que está ubicado en el centro de la ciudad. Allí se puede acceder a archivos fotográficos y audiovisuales para ver cómo los medios de comunicación cubrieron los acontecimientos vinculados al narcotráfico y a las guerrillas en aquellos tiempos. El Museo cuenta con tecnología adecuada como para hacer recorridos en 3D y revisar digitalmente los archivos periodísticos de diarios y televisión. Además, están disponibles entrevistas con diferentes referentes o víctimas de la época. Es, sin duda, un viaje en el tiempo. A diario, cientos de jóvenes colombianos y extranjeros visitan este lugar.

Para sacudirse del estigma de violencia y eliminar a Escobar como imagen ante el mundo, los paisas empezaron a trabajar en hacer de Medellín una ciudad modelo. En el 2013, Medellín fue elegida como la ciudad más innovadora del mundo, al obtener el galardón “City of the Year”, organizado por The Wall Street Journal y Citigroup, por sus grandes cambios en infraestructura social, inclusión y seguridad. Medellín es reconocida además por su sistema de transporte público, considerado uno de los más completos de la región. Tiene un Metro (tren eléctrico) que hace el recorrido por las zonas principales con decenas de paradas. Buses internos se encargan de transportar a pasajeros y trabajan como “alimentadores” del Metro y también funciona el tranvía eléctrico. Si se quiere hacer recorridos cortos, están las bicicletas municipales disponibles al público. Todo se puede pagar a través de una sola y simple tarjeta, que es recargable.

La inclusión de zonas marginadas al sistema de transporte es una realidad en Medellín. Un ejemplo de ello es lo que viven los habitantes de la Comuna 8, barrio La Sierra que -como su nombre indica- está ubicada en la altura de una de las montañas que rodea a Medellín. Durante la época de la guerrilla, grupos paramilitares o guerrilleros atropellaron este barrio, causando dolor y desastres. Miles de familias huyeron de la zona y formaron sus precarias viviendas en la falda de la montaña, sin planificación alguna. Es como una favela brasileña, o como para hacerlo más nuestro, como la Chacarita, pero 50 veces más grande.

Debido a la violencia, los habitantes de este barrio no tenían posibilidad de contar con transporte público. Abrir rutas o caminos, en medio de los casas, iba a tener un costo demasiado alto para el gobierno. Pero en el 2014, la Alcaldía local -que sería como la Municipalidad en Paraguay- emprendió un proyecto innovador; introdujo la figura del “Metrocable”, un teleférico que conecta a La Sierra con la zona céntrica de Medellín. Desde entonces, los habitantes de este barrio pueden ir a trabajar o a estudiar a la ciudad y volver a sus casas el mismo día. Además, el teleférico cuenta con un sistema de seguridad especial en sus paradas. Hoy,  hay en proyecto más teleféricos para construirse, debido al éxito de este programa.

En el 2013, Medellín fue elegida la ciudad más innovadora del mundo.
En el 2013, Medellín fue elegida la ciudad más innovadora del mundo.

Pero el trabajo en sí no se redujo a poner museos y mejorar las calles y el transporte público. En Medellín trabajaron por atraer inversiones de afuera, invertir en Educación -hay 5 Universidades Públicas y cerca de 40 privadas- además de hacer de la cultura, una herramienta que ayude a promover la memoria y pensar en el futuro. La ciudad cuenta con 35 teatros y 15 bibliotecas estatales, pero hay decenas de privadas. La lectura, en el país de Gabriel García Márquez, es por supuesto, tan importante como el pan de cada día.

Los cambios sociales que experimentó la ciudad en los últimos años son incuestionables en números. De los 6.349 homicidios que tuvo Medellín en 1991, en tiempos de Escobar, la cantidad se redujo a 536 el año pasado. Igual, esta cifra representa un aumento del 7% con relación al 2015. Pero como explica el periodista Arboleda “No es que la violencia haya terminado en Medellín, es que sólo se recicla. Antes eran poderosos narcos, hoy son grupos de pandilleros o delincuentes”.

Para Arboleda, el “narcoturismo” que se fue implementando con el paso de los años, con el recorrido de lugares símbolos de narcotráfico colombiano, no ha servido más que para reivindicar una figura atroz y que hizo demasiado daño a miles de familias colombianas. “Fíjate que el 75% de las víctimas del narcotráfico en Colombia tenían entre 20 a 35 años. Es decir, estamos hablando que hoy, casi una generación creció sin padre, sin un hermano, sin una madre” expone.

Hoy, la idea desde la Alcadía de Medellín es desligarse definitivamente de la figura de la violencia y del narcotráfico. Por eso, el alcalde local, Federico Gutiérrez Zoloaga, anunció días pasados que el edificio Mónaco -que perteneció a Pablo Escobar y desde donde comandó gran parte de sus acciones terroristas- será derrumbado. Este inmueble, que también fue bombardeado en su momento, fue expropiado de la familia Escobar y era administrado por la Policía local. Además, el edificio es un símbolo del mundo narco que gobernó Medellín hace 25 años atrás.

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Son las 22.30 de un viernes y la zona conocida como el Parque Lleras es un hervidero de gente. Cuadras enteras rodean a una plaza y en los alrededores hay pubs, restaurantes y clubes, y ciento de jóvenes toman la noche en Medellín. Están los rockeros en una esquina, en la otra, gente que gusta de la cumbia y por el otro lado los amantes de la bachata o de la música latina también se hacen notar. A ninguno se le ocurre molestar al otro. Hay fiesta, música, alcohol y es inevitable notar la presencia de tantos estadounidenses circulando. “Estos gringos creen que todavía es la Medellín de antes” dice un colombiano que acompañó la travesía nocturna.

La Medellín de ahora no olvida a la antes. Pero sí busca desterrar el terror y el medio, sin dejar de lado la memoria.

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